Infraestructura pública en Panamá: una oportunidad para pensar más allá de la próxima obra.

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De reubicar interferencias a planificar corredores de servicios para las próximas década.


Panamá atraviesa un momento interesante en materia de infraestructura pública. Después de varios años en los que los grandes proyectos de inversión estatal ocuparon buena parte de la agenda nacional, hoy podemos observar una transición. El Estado continúa invirtiendo, pero el escenario comienza a mostrar características diferentes: por una parte, existe el reto de concluir grandes proyectos iniciados durante administraciones anteriores; por otra, empieza a adquirir mayor protagonismo la participación del capital privado mediante esquemas de Asociación Público-Privada (APP).

La Línea 3 del Metro de Panamá y el Cuarto Puente sobre el Canal son probablemente los ejemplos más visibles de esa primera realidad. Son proyectos de enorme importancia estratégica cuya ejecución atraviesa distintas administraciones y que representan compromisos financieros, técnicos y contractuales que el Estado necesariamente debe llevar hasta su culminación.

Al mismo tiempo, el Ministerio de Obras Públicas ha comenzado a desarrollar otra forma de abordar determinadas inversiones. La Rehabilitación, Mejora y Mantenimiento de la Carretera Panamericana Este, desde Las Garzas hasta Yaviza en Darién, representa el primer gran proyecto vial ejecutado en Panamá bajo el esquema APP. A este modelo se incorpora posteriormente la Panamericana Oeste y se estudian otras intervenciones utilizando mecanismos similares.

No significa necesariamente que el Estado haya dejado de invertir. Significa que estamos comenzando a observar un cambio en la forma de concebir, financiar, ejecutar y mantener la infraestructura pública.

Y esa transición representa también una oportunidad para corregir problemas que hemos arrastrado durante décadas.

El problema que permanece debajo de nuestras carreteras.

Cada gran proyecto vial o de transporte termina encontrándose, tarde o temprano, con un elemento que pocas veces recibe atención pública hasta que comienza a afectar el cronograma de construcción: las utilidades o servicios públicos existentes.

Acueductos, líneas eléctricas, telecomunicaciones, fibra óptica, sistemas sanitarios y otras instalaciones ocupan las servidumbres por las cuales posteriormente deben desarrollarse ampliaciones viales, estaciones, intercambiadores, aceras, ciclovías, paradas de transporte público y nuevas infraestructuras.

Quienes hemos participado durante años en proyectos de infraestructura sabemos que este asunto puede convertirse en uno de los componentes más complejos de una obra.

Con frecuencia, cuando finalmente llega el momento de construir, la pregunta termina siendo bastante sencilla:

¿Dónde reubicamos todo lo que ya está allí?

Y la respuesta suele ser mucho más difícil.

La disponibilidad física dentro de la servidumbre pública es limitada. Las redes pertenecen a diferentes operadores. Existen instalaciones construidas en épocas distintas, información que no siempre refleja exactamente las condiciones encontradas en campo y necesidades de mantenimiento que continuarán existiendo mucho después de terminada la obra.

El resultado puede terminar siendo una solución funcional para el proyecto inmediato, pero no necesariamente óptima para la infraestructura que deberá convivir allí durante las próximas décadas.

Reubicar no debería significar simplemente encontrar otro espacio.

Este es, a mi juicio, uno de los puntos donde Panamá tiene una enorme oportunidad de mejora.

Una reubicación de servicios públicos no debería analizarse solamente preguntando dónde existe espacio disponible para colocar nuevamente una tubería, un poste, una cámara o una canalización.

Deberíamos preguntarnos también:

¿Dónde deberían estar estas redes para que la infraestructura que estamos construyendo hoy pueda evolucionar durante los próximos 20 o 30 años?

La diferencia entre ambas preguntas es enorme.

La primera resuelve una interferencia de construcción. La segunda forma parte de la planificación urbana y territorial.

Cuando una carretera se rehabilita o amplía, existe una oportunidad excepcional para reorganizar el espacio público. Si simplemente trasladamos las instalaciones existentes hacia el siguiente espacio disponible, posiblemente estaremos creando la próxima interferencia que otro proyecto tendrá que resolver dentro de algunos años.

Además, debemos recordar algo fundamental: las redes continúan funcionando después de inaugurada la carretera.

Los operadores necesitarán inspeccionarlas, repararlas, ampliarlas y sustituirlas. Por ello, una buena planificación debe considerar no solamente dónde colocar una utilidad, sino cómo acceder a ella posteriormente sin afectar innecesariamente la infraestructura vial ni comprometer la seguridad de quienes realizan su mantenimiento.

De la coordinación de utilidades a verdaderos corredores de servicios.

Quizás ha llegado el momento de evolucionar conceptualmente.

En lugar de analizar las utilidades exclusivamente como interferencias que deben ser removidas para permitir la construcción, podemos comenzar a considerarlas como una infraestructura permanente que merece su propio espacio dentro del corredor vial.

Esto podría traducirse, dependiendo de las características de cada proyecto, en franjas reservadas para servicios, canalizaciones comunes, corredores técnicos, espacios claramente definidos para futuras expansiones y criterios uniformes para cruces de carreteras.

No todas las soluciones tienen que ser soterradas ni sofisticadas. Tampoco existe una solución única aplicable a todos los proyectos.

Lo importante es que el espacio destinado a las utilidades forme parte de la concepción inicial del proyecto y no aparezca únicamente cuando comienza la construcción.

Esto requiere también una mayor coordinación entre el MOP, Metro de Panamá, los municipios, las empresas distribuidoras de electricidad, operadores de telecomunicaciones, entidades responsables del agua potable y saneamiento y demás actores que ocupan las servidumbres públicas.

La información sobre las redes existentes debería convertirse progresivamente en una herramienta de planificación del Estado y no solamente en información requerida para resolver interferencias dentro de cada contrato.

David puede aprender antes de tener el problema de Panamá.

Esta reflexión no debería limitarse a la Ciudad de Panamá.

Ciudades como David representan precisamente una oportunidad para aplicar las lecciones aprendidas en la capital antes de alcanzar los mismos niveles de complejidad.

David continuará creciendo. Con ese crecimiento aumentarán las necesidades de movilidad, transporte público, agua potable, saneamiento, electricidad y telecomunicaciones.

Por ello, una futura inversión importante en transporte público para David no debería pensarse solamente desde el punto de vista de autobuses, terminales, estaciones o carriles.

Podría convertirse también en una oportunidad para reordenar progresivamente las utilidades públicas dentro de los principales corredores urbanos.

Imaginemos que, al intervenir uno de esos corredores, además de mejorar la movilidad se reserva adecuadamente el espacio para electricidad, telecomunicaciones, agua potable y otras redes; se establecen cruces previstos para futuras ampliaciones y se garantiza acceso para mantenimiento sin necesidad de intervenir repetidamente la calzada.

Entonces la inversión estaría resolviendo dos problemas simultáneamente: el transporte que necesitamos hoy y parte de la infraestructura urbana que necesitaremos mañana.

Las APP hacen todavía más importante pensar a largo plazo.

Los proyectos bajo esquemas APP introducen además un elemento particularmente interesante: el horizonte temporal.

Cuando una infraestructura no solamente debe construirse, sino mantenerse durante muchos años bajo determinados estándares de desempeño, las decisiones tomadas durante el diseño y la construcción adquieren todavía mayor importancia.

La Carretera Panamericana Este permite comenzar a observar esta realidad en Panamá. El proyecto comprende aproximadamente 246 kilómetros entre Las Garzas y Yaviza y combina rehabilitación, mejora y mantenimiento bajo un esquema de largo plazo.

En este tipo de contratos existe una razón adicional para resolver correctamente la relación entre carretera y utilidades: una mala decisión durante la construcción puede convertirse posteriormente en un problema recurrente durante la operación y el mantenimiento.

Por eso las APP pueden ser también un laboratorio para mejorar la manera en que Panamá planifica sus corredores de infraestructura.

La próxima generación de Proyectos.

Panamá todavía necesita mucha infraestructura.

Necesitamos carreteras, transporte público, puentes, sistemas de agua y saneamiento y mejores conexiones entre nuestros centros urbanos. Pero quizá el próximo salto de calidad no dependa únicamente de construir proyectos más grandes.

Puede depender de planificarlos mejor.

Tenemos hoy la ventaja de poder observar lo ocurrido durante décadas de construcción en la Ciudad de Panamá y en otros puntos del país. Sabemos cuáles problemas aparecen cuando una servidumbre comienza a saturarse. Sabemos cuánto puede complicar una obra descubrir instalaciones no previstas o encontrar que prácticamente no existe espacio disponible para reubicarlas.

Ese conocimiento debería convertirse en planificación.

El momento actual —con grandes proyectos heredados acercándose progresivamente a su culminación y con las APP incorporándose al modelo de inversión pública panameño— ofrece una oportunidad para hacerlo.

La infraestructura que construyamos durante los próximos años no debería limitarse a resolver las necesidades del Panamá de 2026.

Deberíamos comenzar a preguntarnos algo diferente:

¿Estamos dejando espacio para el Panamá de 2040 y 2050?

Porque posiblemente una de las mejores inversiones que podemos hacer hoy no sea únicamente construir una nueva carretera, un puente o un sistema de transporte.

También puede ser reservar y ordenar adecuadamente el espacio donde tendrá que crecer la infraestructura que todavía no hemos construido.

La pregunta sigue en el agua: ¿cuándo nos podremos...

 

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